A 20 años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), elogiado sin medida por su iniciador, Carlos Salinas, aunque no haya cumplido los objetivos centrales que se proponía: acelerar el crecimiento económico, aumentar el empleo y los ingresos de los mexicanos, desarrollar las regiones más importantes del territorio nacional y diversificar la producción, entre otros, ahora únicamente queda referirse a este instrumento, antaño novedoso, como algo que se lleva a cabo en todo el mundo con resultados desiguales pero con un objetivo preciso: lograr que las compañías trasnacionales tengan los menores obstáculos para la explotación de materias primas, el establecimiento de negocios únicamente con fines de lucro y no sociales y la posibilidad de que los capitales puedan circular lo más amplia y libremente posible.

Que el TLCAN no ha traído el empuje que se necesitaba para aumentar el producto interno bruto (PIB), lo muestra que de 1995 a 2000 crecimos en promedio al 3.3 por ciento; de 2001 a 2006, la tasa fue menor y lo hicimos al 2.2 por ciento; de 2007 a 2012, bajamos al 2.1 por ciento, y el año pasado caímos al 1.3 por ciento (Sin Embargo, 18 de febrero de 2014). Es decir, vamos igual que los cangrejos: para atrás.

Estados Unidos, por su parte, si bien tuvo un crecimiento importante en la era de Bill Clinton (1993-2001), después con la llegada y permanencia de George Bush hijo (2001-2009) descendió en serio, y con Barack Obama (2009-2017) luego de la grave crisis de 2008, va recuperándose lentamente a tasas no muy convenientes, y haciendo que su clase media, tan famosa por su número y gasto, vaya reduciéndose, ya que el ingreso se está polarizando entre una minoría que cada vez obtiene más y un proletariado que crece sostenidamente.

En estos asuntos no hemos mencionado a Canadá, ya que el intercambio es de 80 por ciento entre gringolandia y los aztecas, por lo tanto, lo que aporte la mencionada nación es poco, aunque en otros asuntos tiene importancia por razones diversas.

El charoleado Obama, al llegar hace 5 años a la Casa Blanca, prometió que enviaría una ley para regularizar la estancia de los migrantes mexicanos en Estados Unidos. No ha cumplido su ofrecimiento. Ello porque no ha contado con los votos para enviar la iniciativa, ya que los republicanos se han opuesto a la misma, pero también debido a que no ha sabido gobernar con fuerza para imponer sus puntos de vista. Por lo tanto, un asunto en el que están involucrados millones de compatriotas seguirá pendiente para hacer que un tratado, con todas las de la ley, tome en cuenta a los trabajadores.

Lo que sí hemos padecido es el mayor envío de mexicanos de regreso a nuestro territorio (2 millones en la administración de Barack). Esto porque Obama es el presidente estadunidense que más ha criminalizado a los extranjeros y quien ha deportado a más compatriotas. Que el asunto es terrible, lo podemos constatar en las colaboraciones del maestro Jorge Bustamante (Reforma), quien censura el trato a los trabajadores que realizan labores que otros no hacen, pero también critica acremente la indolencia de los gobiernos mexicanos, de Salinas a la fecha, quienes jamás han defendido a quienes echan a patadas de Estados Unidos y aportan millones de dólares anualmente.

En este terreno Canadá, que era un refugio para muchos perseguidos políticos y una oportunidad para algunos de los nuestros que deseaban trabajar en el campo o la industria de ese país, ahora están impedidos porque desde hace unos años la visa canadiense es algo fuera de serie. Tanto, que es casi imposible obtenerla. Una muestra: de 2008, cuando no había tantos requisitos a la fecha, los visitantes al país más al Norte del Continente han caído en 45 por ciento.

En este terreno no se espera que haya acuerdos entre México y Canadá, no obstante que es un capítulo menor aunque importante para miles de personas.

En lo que tampoco estaba en el TLCAN inicialmente, el petróleo, seguramente habrá algunos anuncios interesantes. Esto debido a dos cuestiones: la primera, que anteriormente hubo un Acuerdo entre Estados Unidos y México relativo a los Yacimientos Transfronterizos de Hidrocarburos en el Golfo de México, firmado en la reunión ministerial del G20, en Los Cabos, Baja California Sur, el 20 de febrero de 2012; y la segunda, la famosa reforma energética que se aprobó a las volandas hace unos meses, la que posibilitará que vengan las inversiones de los dos países norteños. Estados Unidos y Canadá, si bien avanzan en la explotación de sus fuentes de energía, quieren hacer negocios, abrir paso a sus empresas de diferente tipo y apropiarse de un bien que, a la larga, será cada vez más escaso.

Para Canadá, además, el interés es apoyar a sus empresas mineras, las cuales, sabemos por experiencia, dejan arruinada la naturaleza, saquean al máximo los productos de la tierra, explotan sin medida a los trabajadores, no son sancionadas cuando hay tragedias evidentes y pagan un impuesto ridículo a la nación.

Estamos –para decirlo con palabras del médico e intelectual Eduardo Monteverde– ante “lo peor del horror”. Las riquezas se han ido y/o concentrado en pocas manos (en México el 0.18 por ciento de la población controla medio país, Fernández Vega, dixit); la deuda externa nuestra aumentó como nunca (llegó a más de 6 billones de pesos); el empleo ha caído a los subsuelos (en enero de este año se crearon únicamente 22 mil nuevos puestos), y la desigualdad en el ingreso es cada vez mayor (la peor señalada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos según los últimos reportes, pues existe una relación de 27 a 1 entre los más ricos y los más pobres).

Por lo tanto, el reciente encuentro de presidentes es únicamente para fortalecer sus oligarquías y no para sacar adelante a los países, especialmente a los ciudadanos más depauperados, es decir, la mayoría.

Fuente
Contralínea (México)